La ciudad de Murcia y el Barroco (III)

On 27 February, 2015 by Album Letras Artes

El triunfo del Barroco. Murcia en el siglo XVIII

 

Murcia y el barroco. Foto del Siglo XIX

Murcia y el barroco. Foto del Siglo XIX

La llegada de artistas venidos de otras latitudes encontró en la ciudad un ambiente propicio para su trabajo. El capuano Nicolás Salzillo se estableció en la ciudad hasta la fecha de su muerte (1727) y otros, como Antonio Dupar, permanecieron varios años en ella. Los talleres locales fueron un hervidero de encargos y proyectos que habrían de alcanzar su mayor éxito en las obras catedralicias y en las de la cofradía de Nuestro Padre Jesús.

En efecto, la catedral de Murcia apenas si en el siglo anterior había podido atender otras iniciativas que no fueran las de afrontar los urgentes reparos de su fábrica. La torre se encontraba en un estado de penoso abandono y la fachada principal estaba amenazada de ruina. La continuación de la torre (uno de los más monumentales campanarios de la cristiandad) fue retomada, aunque no se concluyó hasta finales del siglo XVIII con la decidida intervención de la Academia de San Fernando. Pero la fachada principal fue, sin duda, el mejor logro. Derribada la renacentista, fue llamado desde Cuenca el artista valenciano Jaime Bort. Su proyecto, recortado en sus dimensiones totales por el cabildo, fue la más ambiciosa empresa local y sus resultados, acaso de los más espectaculares del barroco europeo.

Un monumental retablo en piedra surgió para cantar las glorias y antigüedad de la iglesia de Cartagena, cuyos orígenes se hundían en la tradición apostólica. Esta era la misión de la nueva fachada en la que se combinaban la religión y la historia resumidos en su dominante presencia sobre la ciudad y en las esculturas que la ilustraban. La historia del obispado y del reino salían al exterior en un escenario privilegiado que trasladaba a toda la ciudad la sacralidad del templo. De nuevo la arquitectura se convertía en un elemento de prestigio para su promotores, en este caso, un cabildo catedralicio consciente del importante papel que representaba. El taller creado en su entorno fue de una extraordinaria calidad como se puede apreciar en sus exquisitas decoraciones y en la función asignada a la escultura. Tal fue la importancia de la obra que pronto se planteó la necesidad de abrir espacios ante ella con el fin de darle el esplendor necesario y facilitar su contemplación.Así surgió la plaza que hoy se abre ante ella en la cual pronto se planeó la ubicación del nuevo Palacio Episcopal. Fachada y palacio se convirtieron en los ejes monumentales y simbólicos del entorno. No acabaron aquí las renovaciones urbanísticas del nuevo siglo. El Arenal, antiguo espacio que corre paralelo al rio, al nuevo palacio y a algunas de las fundaciones del cardenal Belluga fue objeto de remodelaciones como paseo al que se asomaban estas monumentales edificaciones. El nuevo puente de piedra (el Puente Viejo) solucionó definitivamente las comunicaciones con la zona sur de la ciudad, en la que se proyectó una plaza elíptica (hoy conocida como de Camachos) que dificultades posteriores convirtieron en cuadrada. 

Murcia y el Barroco. Francisco Salzillo

Murcia y el Barroco. Francisco Salzillo

Esta pujante ciudad fue también la de Francisco Salzillo (1707-1783), el artista que mejor entendió la sensibilidad local. Toda su trayectoria vino marcada por el éxito que le brindaron sus paisanos y muy especialmente por la aceptación que tuvieron sus famosísimos “pasos” procesionales. Dentro de la tradición hispánica que en el siglo anterior tuvo a notables cultivadores, Salzillo afrontó una profunda renovación de la imaginería procesional introduciendo nuevos elementos escenográficos y compositivos. Desde 1752 en que realizó La Caída hasta 1778 en que se estrenó La Flagelación el artista atendió numerosos encargos. Acaso los que fueron tallados para la mañana de viernes santo le han dado la justa fama que hoy el arte español le reconoce. La Ultima Cena, la Oración en el Huerto, el Prendimiento, la Flagelación, la Verónica, la Caída, San Juan y la Dolorosa, conservados en la iglesia de Jesús (Museo Salzillo) son una brillante página de la escultura en madera policromada en la que adquirieron notable sutileza la brillante concepción de la pintura y la calculada expresividad de sus personajes. Y todo para un escenario urbano de luces cambiantes, de colores intensos, de una atmósfera, en suma, que contempla la momentánea presencia de un cortejo con imágenes que proyectan sus volúmenes y perfiles en las angostas calles de la ciudad para desaparecer lentamente entre ordenadas hileras de penitentes.

Murcia y el barroco, anónimo Siglo XVII

Murcia y el barroco, anónimo Siglo XVII

Este fue el éxito de Salzillo, el que anualmente convierte a la ciudad de Murcia en un museo en la calle, esto es, el de conocer los mecanismos sicológicos de la sociedad de su tiempo, de una sociedad intemporal que, hoy como ayer, siente vibrar en su interior la jovialidad de San Juan, el abatimiento de la Dolorosa, la belleza poética del Ángel de la Oración, la traición de Judas en la Ultima Cena o la dignidad de Cristo en el Prendimiento. Junto a los “pasos” procesionales realizó Francisco Salzillo para su amigo Jesualdo Riquelme un monumental Belén (hoy se encuentra expuesto en el Museo dedicado al escultor) que anualmente era montado en el desaparecido palacio de la calle Riquelme. La renovada tradición helenística, tan popular en la España del siglo XVIII, encontró en Murcia a uno de sus más geniales representantes, haciendo de esta costumbre un singular episodio en el que se fundieron las peculiaridades hispanas con las notas coloristas y menudas del rococó.

El barroco, pues, en Murcia no es sólo una cuestión de itinerarios establecidos o de iglesias levantadas al calor de la religión, que ya es bastante. Es además el de unas formas de vida que el tiempo no ha sabido desterrar.

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Escrito por Álbum Letras Artes

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