Imogen Cunningham en Fundación Mapfre

On 11 February, 2013 by Album Letras Artes

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Nacida en 1883 en Portland, Oregón, Imogen Cunningham estudió en Química en la Universidad de Washington en Seattle , que era la disciplina más cercana a la fotografía en aquellos inicios del siglo XX. En la universidad comenzó a hacer sus primeras fotografías. Es allí donde tomó uno de sus autorretratos más conocidos. Aquella en la que se muestra desnuda al aire libre, tendida sobre la hierba. Una imagen que, además de revelar sus dotes artísticas, anuncia un espíritu independiente y un prematuro interés hacia la representación del cuerpo humano, algo poco frecuente en aquella época.

 Durante sus años en la universidad trabajó en el estudio de Edward S. Curtis, donde aprendió la técnica de la platinotipia y a retocar negativos. Y en 1910 viajó a Dresde para completar sus estudios bajo la tutela de Robert Luther, un destacado experto en fotoquímica. De nuevo en Seattle, sus primeros retratos fueron encargos de personajes de la alta sociedad, lo que evidencia el prestigio que, tras su excelente formación académica, Cunningham había sabido forjarse. Muy relacionada con el mundo artístico de la época y, bajo la influencia de Gertrude Käsebier, creó la mayoría de sus exquisitas imágenes de estilo pictorialista. Su amplia experiencia en el positivado le permitió elaborar obras de gran belleza, logradas a partir de filtros especiales y retoques manuales.

 La década de los años veinte es la etapa de sus composiciones florales. Cunningham se interesaba en la botánica y a menudo asignaba nombres científicos a sus fotografías, aunque su preferencia por el estudio de las formas y el detalle anuncia ya en este periodo una visión claramente moderna, que reducía la naturaleza a sus formas y estructuras más simples, eliminando los enfoques suaves característicos de su etapa pictorialista.

 Cunningham también se interesó en la representación del cuerpo humano, que convirtió a través de sus interpretaciones en un símbolo de sensualidad en armonía con la naturaleza. La serie de retratos de su marido constituye una de las primeras aproximaciones históricas a la fotografía de desnudo masculino, un auténtico desafío a los convencionalismos sociales de aquella época. En los desnudos de Cunningham también tienen mucha importancia los detalles corporales tomados en primer plano, logrando a través del tratamiento de luces y sombras articular las formas en espacios geométricos.

 En 1929 Edward Weston invitó a Cunningham a fomar parte de la exposición Film und Foto en Stuttgart. Esta muestra fue considerada como la primera gran exposición de la fotografía moderna europea y americana y contó con la participación de fotógrafos como Edward Steichen, Berenice Abbott o Man Ray, entre otros. La aportación de Cunningham, a través de una selección de diez obras -un desnudo, un estudio arquitectónico y ocho imágenes botánicas-, le proporcionó fama internacional, especialmente por sus composiciones florales denominadas Pflanzenformen, que tuvieron una gran acogida. 

 Sus innovadoras fotografías pronto llamaron la atención de Vanity Fair y gracias a la publicación de uno de sus retratos de la bailarina Martha Graham, Cunningham comenzó a colaborar de manera regular con la revista. En la década de los años treinta retrató a numerosas celebridades de la época. Luego, en la década siguiente, en el transcurso de uno de sus viajes a San Francisco, conoce a Lisette Model. El estilo creativo de fotografía callejera que practicaba Model, con detalles dinámicos y recortados, influyó en Cunningham y la animó a investigar su nuevo entorno urbano y la vida pintoresca que encontraba en los barrios de San Francisco o Nueva York. Este nuevo estilo que ella misma definió como “fotografías robadas” se prolongaría hasta los últimos años de su carrera. En estas imágenes encontramos claras referencias a fotógrafos como Henri Cartier-Bresson o Helen Levitt, quienes rastreaban las calles de París o Nueva York en busca de la imagen artística.

 Imogen Cunningham tuvo una vida casi centenaria. Su trayectoria artística, influida por destacados fotógrafos de su generación como Alfred Stieglitz o Edward Weston, sorprende tanto por su dilatada carrera, como por su inagotable anhelo de experimentación que manifiesta a través de una gran variedad de motivos y técnicas.

 En 1975 fundó el Imogen Cunningham Trust, una institución privada dedicada a catalogar, investigar y preservar sus archivos fotográficos. Y tras una vida de plena dedicación a la fotografía, a la edad de 92 años, comenzó su último proyecto, un libro titulado La vida después de los noventa, pero la obra quedaría inacabada al morir la artista apenas un año después en 1976.

 

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Escrito por Álbum Letras Artes

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