Ouka Leele, Cuando el secador se convierte en un bibelot

On 27 January, 2014 by Album Letras Artes
Ouka Leele, Retrato a la luz de una vela

Ouka Leele, Retrato a la luz de una vela

Decir de Ouka  Leele que es la fotógrafa más caracterizada de la Movida Madrileña es decir bien poca cosa, porque su quehacer se escapa, como el de todos los creadores, con mirada y desasosiego propios, por los bordes de la definición hacia otro universo, el personal. Pero, indudablemente, partió de los postulados de aquel movimiento que proclamó lo vulgar como una revelación espasmódica que aboliese cualquier sentido del ridículo para reubicar al español en una realidad manoseada, donde encontrara el aliciente para seguir respirando y quizá soñando, sobre un universo finisecular ya saturado de información, marcas, objetos; en fin, sobre eso que entendemos como “bienes de consumo”, que por su continuo e inmediato asalto, se nos habían ido pegando al alma y nos la habían transformado en un revoltillo, entre la almoneda y el basurero, del que éramos incapaces de escapar para encontrarlas añoradas pulsiones primarias.

Su gran estreno fue la serie Peluquería (Galería Redor, Madrid. 1980). En aquel conjunto de retratos con objeto cotidiano con sorprendente prolongación capilar, se hallaban ya los elementos que configurarán e identificarán su obra. Desde el coloreado de la fotografía como una revelación estridente y, a la vez, añeja, que para siempre será su sello particular, al punto que cualquier otro fotógrafo que lo intentase ahora nos remitiría a ella, como, a su vez, Ouka Leele nos refiere a las películas del cine mudo, coloreadas, fotograma a foto-grama, o incluso a los daguerrotipos del Siglo XIX, hasta el convertir a las personas en expresiones inanimadas, traspasándole el alma del fotografiado a sus objetos más cercanos y transformándolos, con este ejercicio, en depositarios del esencial rastro humano de sus poseedores; en fin, como decía, los dos elementos que se convertirán, durante la década siguiente, en las características más notorias de su fotografía, se pueden contemplar con descarada y a veces tosca desenvoltura en aquella provocadora y juguetona Peluquería.

Durante los ochenta, Ouka Leele explora esta pareja de procedimientos, casi de cartón piedra, estirándolos por los márgenes hasta conseguir domeñarlos absolutamente. Así, en sus retratos, encontramos plasmada su maestría para utilizar el color sobre la imagen en blanco y negro, con el afán de revivificar al personaje desde un sesgo concreto, peculiar, que no es otra cosa que la mirada de Ouka Leele, o en sus composiciones casi dramatúrgicas -válganos como ejemplo: Me levanto por la mañana, hay un gran charco en mi cara (1986) o la célebre Rappeltoi, Bárbara (1987)-, donde nos enfrentamos a una transformación de los seres vivos en elocuentes piezas de taxidermista, con lasque abolir la inmediata realidad para suscitar otra estimulante y personal, la de Ouka Leele.

Cierto que esta abolición de la realidad se ampara en el surrealismo. Pero si en Peluquería su empleo de la pulsión surrealista se reducía a mero ornato provocativo, durante esta década de los ochenta, con la seguridad que le otorga el dominio formal, se manifiesta peculiar y vigorosa; es decir, personal y, a la vez, universal. Por tanto, Ouka Leele, nutrida continuamente de surrealismo, dejó de ser una broma para convertirse en una fotógrafa renovadora y capaz de germinar con elementos propios nuestra mirada del mundo.

No obstante, existen otras exploraciones no menos interesantes que aquellas obras de madurez, como son sus desnudos de 1998. A primera vista, se nos antojarían creaciones de otro fotógrafo, pero, tras una observación sosegada, adivinamos que sus desnudos son el reverso exacto de su quehacer anterior: aquello que latía oculto y que lo estimulaba. Aunque los paralelismos y descubrimientos no se detienen ahí; como casi todo en Ouka Leele, en sus desnudos encontramos un retorno al pasado, en este caso, al pictoralismo de principios del Siglo XX. Sin embargo, este retorno lo ejecuta sobre unas imágenes solarizadas casi al límite del contraste, para aplicarles después una gama tonal de pintura, sea fría o cálida, cuyo objetivo es conseguir una sinuosa circunstancia, donde el objeto cuerpo, el desnudo, se disuelva en una armonía placentera.

Y en esta placidez armónica hay una búsqueda de la disipación del individual humano, al representar el cuerpo inmerso y fundido en la naturaleza, y tanto es así que prescinde, delicadamente, pero en ningún caso de forma gratuita, de los rostros. De modo que si en sus primeros trabajos intentaba fijar la identidad del individuo a través de objetos manufacturados y de uso corriente, en sus desnudos hay una necesidad de disolver lo personal en lo cósmico, de huir de lo metropolitano hacia lo selvático, o lo que es lo mismo, de revertir su primera apuesta creativa para mostrarnos la pulsión original del hombre, su arraigo a la tierra y su ineludible panteísmo como la irremisible necesidad de una quietud silvestre.

De ahí que sus desnudos se conviertan en auténticamente desnudos; es decir, en naturaleza inmersa en la naturaleza, en vida latente y sintiente, donde, por una gracia de verdadero artista, el ser humano vuelve a cobrar ánima, elemento del que lo había desposeído en sus primeras obras para que fuesen los objetos los depositarios de la misma. Por lo tanto, sus desnudos son el reverso exacto aquellas fotografías, pero a su vez, y según los antiguos postulados surrealistas, su almendra nutricia.

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Escrito por Álbum Letras Artes

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