El retrato elegante

On 16 July, 2013 by Album Letras Artes
El retrato elegante

El retrato elegante

Una época feliz. Al menos en el recuerdo. Los locos y felices años veinte. Surgida del horror de la guerra, la sociedad quería gozar de la recientemente conquistada modernidad. El mundo se ponía al alcance de los intrépidos. Es la época de la velocidad, de los automóviles y de los aviones. Lo que facilita los grandes viajes, el cosmopolitismo. El mundo avanza cada vez más rápido y todos quieren divertirse en la carrera. Se organizan grandes y glamorosas fiestas en París y en la Costa Azul. Fiestas en las que esta bulliciosa alta sociedad se relaciona con los artistas. Lo que provoca que en esta década de los años veinte del siglo XX se produzca un interesante resurgir de un estilo de retrato que tenía precisamente como modelos –y clientes- a los miembros de la aristocracia y de la alta sociedad, y que había tenido su edad de oro en la segunda mitad del siglo XIX.

Philip de Laszo y Jacques Émile Blanche son, entre los pintores prestigiosos de retratos de este primer periodo del siglo XX, los más radicalmente opuestos a las propuestas vanguardistas. Ambos empeñados de desarrollar un manierismo moderno, influenciado por los grandes maestros del periodo anterior, sobre todo por Sargent y Boldoni.

El primero, el húngaro Philip de Laszo, pintor de la alta sociedad inglesa y europea, incluyendo a las familias reales de España –que retrató en 1927,de Rumania o incluso del Japón.

El segundo, Émile Blanche, aunque también introducido en los círculos de la alta sociedad, interesado sobre todo en los hombres de letras –él mismo fue escritor y publicó varios ensayos-,pintó retratos, algunos de ellos muy reproducidos y por ello muy conocidos, de Marcel Proust, Paul Morand, François Mauriac o James Joyce entre muchos otros.

Pero evidentemente frente a estos pintores empeñados en dar continuidad al género tal como se había practicado en las décadas anteriores, también existían en esta década de los años veinte pintores que se acercaban al retrato desde las vanguardias. Así, por ejemplo, Kees Van Dongen.

Pese a ser calificado por Aragon como “el pintor del Lido” a causa de su éxito mundano, en realidad el holandés Kees Van Dongen, desde su llegada a París en 1900, fue uno de los artistas más implicados en la  modernidad. En su caso, una modernidad influenciada por el fauvismo francés y el expresionis-mo alemán. El cuadro que presentó en el Salón de Otoño de 1913 mostrando un hombrecillo arrodillado ante el vello de un sexo femenino fue considerado por la crítica obsceno y degradante. Lo que lógicamente tuvo como consecuencia que las vanguardias hicieran de Van Dongen uno de sus héroes y consagraran así su carrera. Elegante, seductor, amante de los deportes y apasionado por la moda, el lujo y la velocidad, Van Dongen se convierte a partir de ese momento en un personaje habitual de todas las fiestas, desde Deauville a Montecarlo. Y esta vida condiciona su estilo. Lo único importante para Van Dongen es el artificio, la seducción, las ambiguas metamorfosis. Su heroína es una mujer-objeto de aura baudelairiana. Osa exhibir el deseo, los apetitos y los estigmas sin sacralización ni sublimación. Retrató a numerosos personajes, Anne de Noailles, Kiki de Montparnasse, Maurice Chevalier e incluso, en sus últimos años -murió en Montecarlo en 1968 con más de 90 años-, a Brigitte Bardot. Uno de sus más célebres retratos de la década de los veinte es el que representa a Jasm y Alvin, la directora comercial de la entonces famosa maison de couture Jenny, llamada por algunos “Jasmy la divina” y por otros “la terrorífica Jasmy”, Jasmy Alvin fue la infiel amante del pintor, lo que no impidió que fuese su más fiel compañía en el París de “aquellos locos años”, su musa.

Otro de los pintores de retratos de personajes de la alta sociedad es el parisino Bernard Boutet de Monvel, que alcanzó gran éxito en Los Estados Unidos, sobre todo gracias a sus ilustraciones para publicaciones prestigiosas como Vogue o Harper. Entre los personajes célebres que retrató en su primera etapa está otro de los personajes famosos de “aquellos locos años”, el riquísimo marajá de Indore. Coronado en 1930, Yeswany Rao Holkhar Bahadur se había convertido en un gran amateur del arte moderno durante los numerosos viajes que realizó por Europa cuando todavía era un príncipe. Bernard Boutet de Monvel le pintó dos veces, una, en 1929, todavía siendo aquel príncipe exótico que frecuentaba todas las fiestas, vestido a la occidental con frac y cubierto por una elegante capa negra, y otra, más oficial, en 1934, sentado ya en el gaddi blanco que servía de trono a la dinastía de los Holkhars, cubierto con el tocado tradicional de su principado y portando un collar con los famosos diamantes de Indore. El pintor Bernard Boutet de Monvel tuvo un destino muy propio de ese estilo de vida al que nos referíamos, murió en un accidente aéreo durante uno de sus frecuentes viajes trasatlánticos. 

Instalada en Montparnasse a principios de la década de los veinte, Tamara de Lempicka frecuenta las mundanas veladas que organiza el costurero Paul Poiret y el casi mítico bar de Suzy Solidor, además de participar en las tertulias en las que sediscute de pintura en el Dôme y en la Rotonda en compañía de Georges Braque o de André Gide. Es en este periodo cuando desarrolla su peculiar estilo escultórico, mezcla de radical modernismo y de pureza clásica, fuertemente marcado por el cubismo. Su distorsión de las proporciones de sus mode-los al servicio de un objetivo estético provoca a la crítica, que califica a Tamara de Lempicka de“Ingres perverso”. En 1925 participa en la primera gran exposición de Art Decó y se convierte en una de las más relevantes figuras de esta corriente. Un crítico de la época escribía hablando de su estilo que Tamara de Lempicka usa “una luz a la manera de Ingres, cubismo a la Fernand Léger y carmín Chanel”. En 1927 Lempicka conoce al doctor Boucard, que había acumulado una inmensa fortuna en la industria farmacéutica. Boucard, tras encargarle su retrato y el de su esposa e hija, finalmente se convierte en uno de sus más importantes mecenas.

El retrato es un género en el que el pintor refleja, como en el bodegón o en el paisaje, las corrientes y tendencias que se forman en el seno de la pintura. Pero el retrato también es el personaje. Y así, en algunas ocasiones, nuestro interés por determinado cuadro lo provoca el retratado y no el pintor a quien debemos la obra, aunque, en definitiva, como vemos por ejemplo en el retrato de Joyce que pintó J. E. Blanche, para conservar algo de la vida que habitó la presencia física que refleja el lienzo, nada mejor que las pinceladas del artista. Nada mejor que el retrato. 

Álbum Letras Artes

Escrito por Álbum Letras Artes

Comments are closed.