Henri Matisse. Un maestro del color II

On 30 January, 2015 by Album Letras Artes

Henri Matisse, postimpresionista 

Henri Matisse. Gran paisaje, Mont Alban. 1918

Henri Matisse. Gran paisaje, Mont Alban. 1918

Ejecutado ya en 1898, un gran Desnudo masculino desbordaba en azules desconcertantes. Paulatinamente, mientras el verismo desvanece, la paleta de Henri Matisse se inunda de colores. Unos colores intensos y brillantes. En Raya Verde, retrato de 1905, con resonancias expresionistas, esos colores son arbitrarios. La amplia pincelada verde divide el lienzo en dos mitades; un verde que divide la frente y la nariz de su esposa. Esto no es una mujer, es un cuadro, advertía con ironía.

 Aquel mismo año, expuso en el Salón de Otoño. Junto a él, pintores de su órbita: Rouault, Marquet, Dufy, Derain, Vlaminck, Manguin, Braque, Friesz, Puy, Van Dogen … Tachados de extravagantes, por la distorsión de las figuras y sus colores agresivos, provocaron reacciones encendidas: Un tarro de pintura tirado a la cara del público, censuraría la prensa. Mujer con sombrero, de Matisse; concentró todas las iras. Ante aquella orgía de colores, el crítico Vauxcelles, habló de Donatello entre salvajes. El grupo fue bautizado como Fauves: Los salvajes. Un apelativo desafortunado, opuesto a la intención de estos creadores: Sueño con un arte equilibrado, puro, tranquilizador, sin temas inquietantes y turbadores (1), proclamaría Matisse. 

Henri Matisse. Armonia en amarillo. 1928

Henri Matisse. Armonia en amarillo. 1928

Sin un ideario preciso, convocados por el protagonismo del color, los Fauves fueron una alianza efímera. Después del Salón de Otoño de 1906, cada uno se plantearía otros destinos: Marquet y Dufy se suavizaban en delicadas panorámicas; acentuando su dramatismo,  Rouault abrazó el expresionismo; Braque y Derain, en la estela de Picasso, que en 1907 concluía Las señoritas de Avignon, se  adentraron en el cubismo. Matisse, coherente y metódico, seguro de sí mismo, no modificará sus postulados. Continúa investigando sobre el color y su potencialidad expresiva. Integrando objetos y personas en un espacio decorativo. En su etapa final, se aficionará al découpage: papeles pintados, recortados y pegados. En estos trabajos, joviales, de rabiosa simplificación, el decorativismo logra su apogeo. Incluso, ocasionalmente, apuntan a la abstracción.

La obra del Henri Matisse maduro dividida en seis grandes apartados –pintura y tiempo; paisajes, balcones, jardines; intimidad y ornamento; figura y fondo; forma; une sonore, vaine et monotone ligne-, entre óleos y dibujos, nos ofrecerá el alma del pintor. También nos muestra una faceta menos conocida, la Matisse escultor. Influenciados por Rodin y el arte negro, sus bronces son volúmenes inexactos de rudimentaria belleza.

Henri-Matisse. Interiores

Henri-Matisse. Interiores

Asomémonos a sus Interiores. En el sillón, una funda de violín reposa. Por la ventana, enmarcado en amarillos, mar y cielo: Azules inmensos. Por dentro de la luz, penumbra recortada en negros. Volúmenes geométricos. Y un violín nos habla en tonos rojizos.   Paseando por sus paisajes, playas, jardines y campiña. Líneas esenciales. Manchas imprecisas. Ocres, azules, verdes. Detengámonos en Armonía en amarillo: En este mosaico de colores, todo es quietud y silencio. Una joven dormita en la mesa. Ondulaciones amarillas en el vestido y las flores. Las partes y el todo se confunden en un decorado perfecto. La pintura se transfigura en ornamento. Por delante nos espera una sensual Odalisca con pandereta. Pinceladas enérgicas y colores rotundos. Sobre un suelo indefinido, El desnudo de una muchacha que nos mira. A lo lejos, observa una mujer con El sombrero amarillo. Rostro abocetado, malvas y lilas, entre amarillos que codician ser dorado. En El reflejo, juego de imágenes: Una dama ensimismada flota en oscuros. Naturaleza muerta con mujer dormida: Bañadas en una claridad diáfana, la placidez de formas esbozadas. 

Henri Matisse. Natualeza muerta con mujer dormida, 1940

Henri Matisse. Natualeza muerta con mujer dormida, 1940

Con tenacidad inquebrantable, habitando en zonas fronterizas, Matisse participó de manera decidida en la renovación del lenguaje estético. Sin su aportación sería inexplicable tanto la modernidad como las vanguardias. Interpretando la realidad, condensando sensaciones, persiguió un arte durable. En su búsqueda de la expresión, alcanzó lo imperecedero. Concebía los cuadros como representaciones de mi espíritu. Y este espíritu palpita en sus obras. Disfrutemos de los lienzos. Acariciemos sus esculturas. Que nos invada un caudal colores. Que nos envuelvan sus prodigiosas armonías.

(1): Bibliografía: “Notas de un pintor: Henri Matisse”. La grande Revue, París, 1908.

 

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