Francesco Mazzola, El Parmigianino. Pintura Renacentista

On 13 December, 2015 by Album Letras Artes

Francesco Mazzola, El Parmigianino. Pintura Renacentista

Francesco Mazzola nació el 11 de enero de 1503, en Parma (de ahí su sobrenombre italiano de Parmigiano o Parmigianino: el Parmesano o Parmesanito). Su vida no solo fue breve (murió, en efecto, antes de cumplir los 37 años) sino también triste y atormentada; y esto último no por sucesos dolorosos ni graves desventuras, sino por la imposibilidad (congénita con su propia naturaleza y que se refleja en una afanosa búsqueda de perfección) de gozar de las alegrías sencillas, de trabajar con espontaneidad, llevando a cabo sin demoras ni retrocesos las tareas iniciadas. Perdió a los dos años de edad a su padre, Filippo, pintor que a finales de siglo compartía con Caselli la gloria de la pintura parmesana, influida por la véneta de Bellini y de Cima. Entonces se encargaron amorosamente de su educación sus tíos Miguel y Pedro Hilario, pintores ambos también, pero bastos y atrasados.

Del comienzo de su trayectoria, Vasari recuerda un cuadro sobre El bautismo de Cristo, pintado a los dieciséis años, que ha intentado en vano identificar con una pintura de este tema conservada en el Museo de Berlín (Voss). Por el contrario, es identificable en el Retablo que ahora está en Bardi una de las pinturas ejecutadas cuando «habiendo mandado el papa León X al señor Próspero Colonna que acampase en Parma, los tíos de Francesco, temiendo que perdiese el tiempo o se descarriase, lo enviaron en compañía de su primo, Jerónimo Mazzuoli, también joven y pintor, a Viadana, lugar perteneciente al duque de Mantua».

 De regreso en Parma en 1522, Mazzola continuó probablemente la decoración que, según Vasari, había iniciado antes de su marcha a Viadana; dice que aquél hizo «hasta siete capillas», pero en el estado actual sólo pueden atribuírsele, con certeza, cuatro: en éstas se revela el mismo estilo de otras obras suyas ejecutadas en ese mismo período, de 1523 a 1524, antes de su primer viaje a Roma. Entre estas últimas se cuentan: la decoración de la saleta de Diana y Acteón en Fontanellato (láminas XII y XIII), el Retrato de Galeazzo Sanvitale (Nápoles, lám. IV) y el originalísimo Autorretrato ante el espejo (Viena; lám III), de «bellísimo continente… lleno de gracia y más bien de ángel que de hombre».

«Después -sigue diciendo Vasari-, sintiendo deseo de ver a Roma, que era lo que lo atraía, y oyendo alabar mucho las obras de los mejores maestros… y sobre todo de Rafael y de Miguel Ángel, expuso su idea y su deseo a sus viejos tíos…»

Así, en 1524, el Parmigianino va a Roma con una carta de recomendación para Clemente VII, llevando consigo, de entrada, a modo de «carta credencial», los cuadros más bellos y caprichosos pintados en Parma. Pero su esperanza de recibir importantes encargos se verá muy pronto defraudada, ya que el Papa no mantiene su promesa de hacerle decorar la Sala de los Pontífices del Vaticano y, por otra parte, su carácter esquivo no le proporciona provechosas acogidas de los príncipes o de los altos prelados. Entre los encargos más importantes de entonces se encuentra, quizá, La visión de San Jerónimo, sobre la cual hace Vasari un relato novelesco: el cuadro le habría salvado la vida, pues una cuadrilla de esbirros que invadió el estudio se quedó admirada ante la obra que el Parmigianino estaba pintando.

Finalmente, abandonó Roma por Bolonia, falto ya de fe en el porvenir brillante que antes esperaba. Sin embargo, con un nuevo bagaje de cultura y, sobre

La Virgen de la rosa, 1531. Francesco Mazzola. Il Parmigianino.

La Virgen de la rosa, 1531. Francesco Mazzola. Il Parmigianino.

todo,con un estilo propio más personal y seguro, siguió pintando cuadros encargados por cofradías y burgueses. Una vez más intentó obtener la protección papal donando a Clemente VII, que había ido a Bolonia para la coronación del Emperador, La Virgen de la rosa (ejecutada para Pietro Aretino; lám. VIII), y, al mismo tiempo, trató de granjearse la benevolencia de Carlos V, de quien hizo el retrato, «motu proprio», y de memoria, cuando iba «a veces a verlo comer». La obra gustó al Papa y al Emperador, quien se la pidó al Parmigianino, pero una vez más, perseguido por la mala suerte, «Francesco, diciendo que no estaba terminada, no la quiso entregar; y así, Su Majestad no la tuvo, y él no fue, como lo habría sido sin duda, recompensado».

 

Al fin recibió un encargo importante de su ciudad natal. Los cofrades de Santa María de la Empalizada pensaron en él para que realizara la decoración de la nueva iglesia, comenzando por el intradós y por el ábside principal. Regresó a Parma cuando ya no era el joven de rostro bellísimo y de aspecto casi angélico, sino un hombre fatigado y maltratado en lo físico y en lo espiritual, que conservaba todavía, no obstante, una luz de esperanza y una renovada fe en su trabajo. Diseños, ensayos y búsquedas entusiastas se resolvieron en nuevas amarguras, desilusiones, chismes y protestas. El primer contrato entre los cofrades de la Empalizada y Mazzola, estipulado el 10 de mayo de 1531, preveía 18 meses para la decoración del ábside y del intradós: «nichiam et fassant»; pero pasan los años, el Parmigianino no los termina ni tiene fe en los pactos, y, si hemos de creer a Vasari, suspende las «cosas de la pintura» y cree «que se enriquecerá en seguida congelando mercurio», hasta el punto de que «exprimiéndose el cerebro, no ideando bellas invenciones ni con los pinceles ni mezclando los colores, perdía en un día lo que no ganaba trabajando una semana en la Capilla de la Empalizada».

En realidad, más que las muy hipotéticas buscas alquimistas del oro, otras causas influyeron, sin duda, en sus reiterados obstáculos y dilaciones.

Sobre todo, su espíritu inquieto y siempre insatisfecho de lo conseguido; razones válidas ciertamente, hoy, a nuestros ojos, pero no a los de aquellos impacientes cofrades que, después de haber entregado numerosos anticipos, reiterando los pactos y empleando inútiles amenazas, exigieron, el 3 de junio de 1536, los doscientos veinticinco escudos de oro dados a cuenta el año anterior.

Hubo como consecuencia un poco más de actividad, prórrogas y reanudaciones, especialmente en 1539, cuando la decoración pareció progresar con nueva prontitud y quedó terminado el intradós. Pero faltaba todavía, y habían pasado diez años, la ornamentación del ábside. En noviembre de 1539 se llegó al penúltimo acto del drama; los cofrades, exasperados, hacen encarcelar al parmigianino, quien, apenas libertado, sube a los andamios y raspa la decoración del ábside recién comenzada; luego huye a Casalmaggiore, dando así pretexto para que lo eliminasen por completo de cualquier otro trabajo ulterior en la iglesia. El golpe, fuerte, queda remachado con la noticia de que el encargo para que hiciese un dibujo acuarelado y el correspondiente boceto, se confiaba a Giulio Romano.

¿Recordará éste su amistad y se avendrá a renunciar al trabajo para no perjudicar a Mazzola? Por desgracia, después de varias tentativas para desligarse, Giulio Romano acepta el encargo y el Parmigianino, cinco días después de haber hecho testamento -en el cual habla sólo de los bienes terrenos, a repartir entre tres amigos suyos y su hermana, sin la menor ilusión a lo que había sido la finalidad de su vida y que en los últimos años habíase convertido en su tormento-, murió en el destierro de Casalmaggiore el 24 de agosto de 1540.

Escrito por Álbum Letras Artes

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